Después de varios meses de trabajo y de la creación de un portal de debate llamado TURISMO RESPONSABLE HOY, ya se han presentado una primera familia de variables y parámetros con los que se medirá la sostenibilidad de las empresas turísticas. Este conjunto de variables y parámetros se han medido en 4 grandes grupos:

Social: la relación entre la sociedad y el servicio turístico
Medioambiental: la relación con el entorno natural
Económico: políticas de calidad del servicio, así como el impacto de la actividad económica sobre la economía local y la general
Cultural: impactos sobre la cultura de un lugar como un producto turístico más unido a cualquier servicio turístico

Hace poco, el científico vivo más famoso del planeta, Stephen Hawking, dijo en Tenerife que la humanidad debe abandonar la Tierra en 1.000 años si quiere salvarse. No es la primera vez que lo dice; la última vez nos daba 200 años. Aunque el pronóstico sea cierto, es el tipo de excusa que la gente necesita para dar por perdido al planeta y asumir como inevitable el modelo de progreso que lo arruina y deja al margen. Si nuestro destino no está en la Tierra, su naturaleza es una rémora a superar, y la polución, el precio o sacrificio que debemos pagar por progresar. Una visión realista debe asumir que el progreso “es así”, como hacíamos hace 50 años. Si ya hemos sentenciado a la Tierra y nunca volverá a ser la que era, la ecología es absurda. ¿Para qué ruralizarnos o molestarnos en reciclar? Quizá por evitar el caos mientras tanto o hacer más grata la espera, pero el mensaje es fatal, porque induce a una acción medioambiental escéptica, no por la conciencia de que progresar es otra cosa y de que la naturaleza es nuestro hogar.

El fotógrafo social Sebastiao Salgado, tras recorrer medio mundo fotografiando crisis, miseria, un planeta herido y destruido, volvió deprimido al Brasil rural de su niñez. Su vergel se había deforestado y desertizado por la explotación intensiva. Otro signo de progreso que la visión realista imponía asumir. Pero no lo hizo. En lugar de eso imaginó otro progreso y junto a su mujer intentó reforestar y recuperar el paraíso perdido, haciendo de sus recuerdos un proyecto de futuro, y del pasado su idea de progreso. Y contra todo pronóstico lo consiguió: la selva extinguida volvió, haciendo volver a los jaguares y devolviéndole el optimismo. Aquella “semilla del bien” se convirtió en el Instituto Terra, y ese despertar ecológico inspiró su última gran obra, Génesis, en la que volvió a recorrer el mundo pero para retratar esta vez la naturaleza: animales, lugares y gentes que vivían como al principio de los tiempos, descubriendo un planeta que no salía en los medios de comunicación, un planeta virgen que ocupa la otra cara del mundo en la que nunca pensamos o damos por perdida.

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